Tokischa y New York Times

El auge de la música latina en EEUU ha aportado a la economía de ese país en 2021, según la RIAA: “los más altos ingresos de la historia: $886 millones. Con un incremento de 35%”.
En medio de ese entusiasmo, The New York Times, que muy poco interés muestra por la música latina, dedica una portada a Tokischa. Otros artículos de NYT han sido sobre la brasileña y escandalizante Anitta; el adiós de Daddy Yankee; Rosalía. Dos veces Dudamel. Uno del 2019 sobre salsa boricua y otro de 2013: “A Dominican Force in Latin Jazz”.

¿Por qué Tokischa? Interesa de ella no su propuesta musical, sí su agresiva sexualidad, lo controversial. Hablan de su infancia, la madre que la abandona, su padre en la cárcel, su paso conflictivo por la escuela; sus experiencias vendiendo su cuerpo a viejos americanos y luego en OnlyFans. De su estilo resumido de este modo “un gemido inconfundible, agudo y tímido que rezuma sexo y permite que sus raps diabólicos y sensuales aterricen con precisión”. Algo instaurado 60 años atrás por La Lupe, -con más entrega y profundidad y sí, con una propuesta musical que aun hoy se escucha-: “Según tu punto de vista / yo soy la mala”, en letra de Tite Curet Alonso.

Habla el NYT de la ‘popola’ como un logro cultural. Que grabó con J Balvin (desde entonces peor no le puede ir) y Rosalía que es muy Rosalía. La llaman agitadora. En el artículo dice Tokischa: “No tener miedo de expresar mi sexualidad, mi forma de pensar, es algo hermoso”. Y es justo y humano, punto. Sin embargo, es más esclava sexual que nunca. Y como tal será dejada a un lado en algún momento. La industria se recuesta en lo extra-artístico, para blasonar del gran descubrimiento dominicano. No atiende en cambio un poeta de novedosa factura lírica y melódica como Damn Goldo. O Melymel que canta más allá de la sexualidad, o Gaudy Mercy, con temas sociales y feministas.

Llaman cultura a la dinamita en los cimientos de una civilización que se va a pique. Imponen cánones de factura comercial basados en escándalo sexual. Muchas exponentes urbanas en una supuesta liberación sexual, son más esclavas del sexo que nunca.

Por Alfonso Quiñones

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