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Quien se oponga a dialogar no es buen dominicano

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La estabilidad macroeconómica que ha permitido llegar a los niveles de desarrollo que, aun con todas las dificultades presentes, tiene la República Dominicana, se debe a que en su momento las distintas fuerzas sociales lograron orquestar una visión de conjunto y definir el rumbo hacia donde se quería que marchase el país.

Fue en 1992 en medio de la peor crisis del país en décadas, que el entonces presidente Joaquín Balaguer—con el enorme peso específico de su figura—logró armar aquel llamado “diálogo tripartito” donde estuvieron representados empresarios, trabajadores y el Gobierno, cada cual imbuido de una buena fe sin cartas escondidas, lo que dio como resultado el emprendimiento de una de las reformas estructurales más duraderas.

Como recordaremos, de aquellas pláticas salieron el vigente Código Laboral y las reformas tributarias y arancelarias que han perdurado esos 29 años con apenas ligeros toques y sembraron las bases para que el Estado tuviera una mayor recaudación de recursos con los cuales se han realizado múltiples proyectos de infraestructuras, si bien algunos de estos no formaban parte de las demandas prioritarias de la creciente sociedad. Pero ahí están.

Sin aquel esfuerzo colectivo, acometido en medio de los peores avatares, el crujir de la institucionalidad del país era cuestión de un simple empujón que lo habría dado la crispación social a que, de seguro, iba a conducir la crisis económica que sembraba sus reales y apuntaba hacia el peor de los caminos.

No importa que al frente de la Administración estuviese alguien de la estirpe de estadista de Balaguer, el estallido era cuestión de esperar por el ahondamiento de la crisis de desabastecimiento de alimentos, combustibles y medicamentos; y peor aún, del descalabro de las finanzas públicas.

Sin embargo, todos entendieron que había que dialogar, exigir y ceder o de lo contrario salir a la plaza pública a reclamar lo que no había forma de ser concedido.

El diálogo, en suma, pudo darle a la República no un respiro sino la permanencia de largo plazo que hemos disfrutado y que muchos no se han molestado siquiera en averiguar qué sucedió entonces para que el país de hoy no sea ni sombra de lo que era en términos de fortalecimiento institucional y de ensanchamiento estructural y económico.

Hay que establecer, sin embargo, las grandes diferencias existentes en la coyuntura de 1992, o de los diálogos propiciados posteriormente por el presidente Leonel Fernández, con la realidad actual. Son muy distintas.

Empero, la virtualidad del diálogo no la proporciona la coyuntura pura y simple. Surge del ejercicio responsable de gobernar en las peores circunstancias. Quien se oponga a dialogar no es buen dominicano, aunque simule.

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